Febrero 2026

Elliot Abac | Médico Cirujano | UNAM

Cuando lo improvisado se convierte en lo más significativo

El sábado 28 de febrero nos reunimos con la intención de asistir a una plática que ya estaba organizada. Sin embargo, la presentadora tuvo que cancelar debido a una emergencia personal. En ese momento, lo primero que sentimos fue una pequeña desilusión, pues esperábamos la sesión que se había preparado. No obstante, decidimos no cancelar el encuentro y optamos por improvisar. Con el paso de las horas comprendí que, muchas veces, aquello que no sale como lo planeamos puede transformarse en algo incluso más valioso.

Nos acomodamos en el pasto, bajo la sombra, creando un ambiente mucho más cercano y natural. Ese simple cambio de escenario hizo que la conversación fluyera con mayor libertad. Además, nos recibieron con fruta y pan de plátano (mi favorito), un detalle que hizo que el momento se sintiera acogedor y especial. Desde el inicio se percibía un ambiente de confianza.

La conversación giró en torno a las relaciones y al amor. Nos preguntamos qué es realmente el amor y cómo resolvemos los conflictos dentro de nuestras relaciones. Aunque parecen preguntas sencillas, pocas veces nos detenemos a reflexionarlas con profundidad. Una de las partes que más me marcó fue cuando analizamos cómo se resolvían los problemas en casa cuando éramos niños y cómo ahora, siendo adultos, decidimos enfrentarlos. Muchas veces repetimos patrones aprendidos sin cuestionarlos; actuamos en automático. Sin embargo, al hacer consciente esta reflexión, entendí que existe la libertad de elegir cómo responder ante un conflicto. Reconocer eso implica asumir responsabilidad sobre nuestras decisiones y sobre la forma en que construimos nuestras relaciones.

Posteriormente realizamos una dinámica con estambre que resultó profundamente simbólica. Nos colocamos en círculo y una persona comenzó sosteniendo la bolita de estambre diciendo: “Yo, [mi nombre], contribuiré con…” y mencionaba una cualidad o virtud que podía aportar al equipo. Luego pasaba el estambre a alguien más, hasta que entre todos formamos una red. Al observarla, nos preguntamos qué veíamos. La conclusión fue clara y hermosa: veíamos apoyo, unión y compromiso. Comprendimos que el trabajo en equipo no es solo un concepto, sino una construcción constante donde cada persona es indispensable. Si alguien soltaba el hilo, la red se aflojaba. Ese gesto tan simple representaba cómo nuestras acciones individuales afectan directamente al grupo.

Después repetimos la dinámica, pero esta vez mencionando algo negativo que podríamos aportar al momento de resolver un problema. La red volvió a formarse, pero la reflexión fue distinta. Nos cuestionamos si nos gustaría formar parte de un equipo así y cómo interpretaríamos que alguien soltara su hilo. Fue un ejercicio confrontativo que nos permitió reconocer nuestras áreas de mejora y entender que también somos responsables cuando una relación o un equipo se debilita.

Para cerrar, hicimos una ronda de preguntas rápidas y espontáneas. Algunas fueron profundas y otras divertidas, como completar frases del tipo: “Jamás te perdonaría si…”. Escuchar las respuestas de mis amigos fue enriquecedor; cada intervención reflejaba parte de su historia y su forma de ver la vida. Terminamos con una foto grupal que simbolizó el cierre de una sesión inesperada, pero profundamente significativa.

Definitivamente fue un encuentro improvisado, pero lleno de reflexión y aprendizaje. Me quedo con la sensación de que los momentos más valiosos no siempre son los más planeados, sino aquellos en los que existe apertura, honestidad y disposición para escucharnos. La conexión que se generó hizo que cada segundo valiera la pena.